Seguridad del paciente: lecciones de To Err is Human para la educación en salud
Por: Mag. Leydi Susan Fajardo Vizquerra (*)

La publicación del informe To Err is Human (2000) marcó un antes y un después en la forma de entender la práctica de los profesionales de la salud. Más que evidenciar la magnitud de los errores médicos, invita a reflexionar sobre la necesidad de fortalecer las oportunidades de mejora dentro de la atención sanitaria. Si bien al principio el informe fue visto con preocupación por revelar la frecuencia de los eventos adversos asociados a la atención médica, al pasar el tiempo se convirtió en un referente para proponer una verdadera cultura de seguridad del paciente. Desde entonces, el error dejó de entenderse únicamente como una responsabilidad individual o un motivo de sanción, para reconocerse como el resultado de múltiples factores presentes en los sistemas de salud.
En el análisis contemporáneo de la educación en salud, este documento trasciende lo descriptivo y se convierte en un eje estratégico. Donde la seguridad del paciente no es plus en las curriculas, sino se convierte en un atractivo formativo que propone, la mejora de la práctica profesional, la aplicación de los principios éticos y científicos que se aplican en la atención en salud. La formación actual coloca en el centro la experiencia integral del estudiante, entendida como un fenómeno multidimensional donde lo cognitivo, lo técnico y lo humano convergen. En este contexto, la enseñanza de la seguridad del paciente no compite con las competencias clínicas tradicionales ni las reemplaza; las complementa y las potencia, permitiendo que la identidad profesional se internalice de manera sostenida.
Ello con la visión de integrar la seguridad del paciente en los programas de estudio fortaleciendo la capacidad de los futuros profesionales para identificar riesgos y actuar con pensamiento crítico. A su vez se comparan modelos internacionales de competencias que demuestran que la seguridad se articula con dimensiones como la comunicación efectiva, el trabajo en equipo y la gestión del equipo de salud. A diferencia de otros contenidos que exigen atención focalizada, la seguridad se presenta de manera transversal en cada práctica, convirtiéndose en un vehículo idóneo para la internalización implícita de valores profesionales (Eloranta et al., 2026).
Por lo tanto, desde el marco del aprendizaje basado en competencias, la seguridad del paciente contribuye de manera diferenciada a la notoriedad, la confianza y la resonancia ética de los profesionales de la salud. Evidenciándose que la incorporación de contenidos de seguridad en la formación de en salud mejora significativamente la actitud hacia la práctica clínica y la disposición a implementar protocolos que promuevan la mejora de la práctica clínica y generen espacios de aprendizaje.
Para comprender plenamente su impacto, es necesario conducir su aplicación a escenarios profesionales concretos dado que, tanto en hospitales como en centros de salud, la seguridad del paciente opera como reguladora del comportamiento clínico y del tiempo de respuesta, implementando sistemas de reporte y aprendizaje de errores buscando prolongar la confianza del paciente y aumentar la calidad. Por su parte, en el ámbito académico, la seguridad se convierte en un puente entre la tradición y la innovación. Ya que en las universidades se emplean estrategias pedagógicas para humanizar la formación, generar cercanía y transmitir valores de responsabilidad. En este escenario, la incorporación de la seguridad del paciente en la educación no debe interpretarse como una tendencia pasajera ni como un requisito normativo. Se trata, más bien, de una decisión estructural que refuerza la coherencia entre el posicionamiento declarado y la experiencia percibida. Las instituciones que lideran su sector no solo adaptan sus programas a los cambios tecnológicos, sino que gestionan la seguridad con rigor académico, medición empírica y responsabilidad cultural.
Por lo tanto, en un entorno caracterizado por la complejidad clínica y la constante exposición a riesgos, la formación de profesionales de salud enfrenta el desafío de transformar los errores en aprendizajes colectivos. La apuesta por la seguridad del paciente es, en este sentido, una apuesta por una educación más rigurosa y coherente, capaz de integrar la evidencia científica con la práctica cotidiana. Al final, no se trata únicamente de contabilizar fallas o de aplicar protocolos, sino de diseñar culturas institucionales que promuevan la transparencia, el pensamiento crítico y la responsabilidad ética. El futuro de la salud no se limita a atender enfermedades; se construye formando profesionales que gestionan la seguridad, ejecutan soluciones con visión preventiva y lideran con compromiso social.
(*) Coordinadora de la Facsa y de la Fadhu de la filial Lima de la Universidad Señor de Sipán.
Lima, 16 de julio de 2026
AO n.° 014-2026/OCIRP/USS
Oficina de Comunicación Institucional y Relaciones Públicas
Universidad Señor de Sipán


